En una esquina de la ventana se evaporan las últimas horas de la luna, las puertas están cerradas pero el aire se cuela por las rendijas, como las cucarachas, y se agolpa en las esquinas de los muebles mientras una mosca refunfuña contra la pared, harta de tanto zumbido autocompasivo. Se acerca el día, como si solo quisiera seguir siendo noche, roto y triste de ser gris, de tener que morir al final. Un lamento de madera asoma detrás del silencio, anunciando que alguien se ha levantado. Suena el silbido agónico de una cafetera nerviosa, una sirena recordando que existe el dolor, la tapa de un contenedor engullendo las cenas de la noche anterior, el crujir chirriante de un autobús parando y algunas hojas muertas, que ya no eran nada en agosto, se precipitan contra los charcos. Entonces, unos huesos cansados de contener el tiempo, se estiran, se precipitan hacia el movimiento y duelen. Son los tuyos. No son huesos como aspas de molino que bailan con el viento y se nutren del sol. Son huesos de invierno, casi rotos, como madera en días de lluvia, sucios y torpes. Y se sienten muy solos, y lo están. Como las hojas, y la mosca, y los contenedores, y la cafetera y los charcos. Solos, muy solos, esperando que pase el tiempo, solo eso. Esperando.
martes, 25 de octubre de 2011
Esperando
En una esquina de la ventana se evaporan las últimas horas de la luna, las puertas están cerradas pero el aire se cuela por las rendijas, como las cucarachas, y se agolpa en las esquinas de los muebles mientras una mosca refunfuña contra la pared, harta de tanto zumbido autocompasivo. Se acerca el día, como si solo quisiera seguir siendo noche, roto y triste de ser gris, de tener que morir al final. Un lamento de madera asoma detrás del silencio, anunciando que alguien se ha levantado. Suena el silbido agónico de una cafetera nerviosa, una sirena recordando que existe el dolor, la tapa de un contenedor engullendo las cenas de la noche anterior, el crujir chirriante de un autobús parando y algunas hojas muertas, que ya no eran nada en agosto, se precipitan contra los charcos. Entonces, unos huesos cansados de contener el tiempo, se estiran, se precipitan hacia el movimiento y duelen. Son los tuyos. No son huesos como aspas de molino que bailan con el viento y se nutren del sol. Son huesos de invierno, casi rotos, como madera en días de lluvia, sucios y torpes. Y se sienten muy solos, y lo están. Como las hojas, y la mosca, y los contenedores, y la cafetera y los charcos. Solos, muy solos, esperando que pase el tiempo, solo eso. Esperando.
miércoles, 12 de octubre de 2011
Ciudad atlántica
Adivinanza atlántica
de saber, entre otros secretos,
del azulejo hidráulico,
capataz y víctima del tiempo
que ha ennoblecido tus calles.
En una ocasión también yo
ayudé a pulir el surco
de las cuestas y los barracones.
También yo constituí
la erosión indolora bajo tu seno
y ahora te pertenezco,
casi como un rehén adormilado,
desfilando por la ribera hacia el mar,
siempre en busca de la verdad.
jueves, 22 de septiembre de 2011
Bámbola
Madrugada. Doce cincuenta y seis. Te acercas sigilosa a la despensa. Mamá te dijo que no abrieras el bote de las galletas. Pero te puede la gula de dulce en la boca. Ves la puerta entreabierta. Las hueles. Canela y nueces. Mmmmm...casi puedes sentir cómo crujen entre tus dientes. De pronto, oyes pasos por el pasillo y de puntillas, corres a tu habitación y cierras despacio.
¡Bámbola, niña traviesa! No puedes evitar que se te escape la risa, mientras te tapas la boca con la mano y corres hacia la ventana.
Desde el cristal ves una luz encendida en la oscuridad, son la una y trece minutos. La casa de enfrente, la que da al Mediterráneo. Sólo atisbas una silueta tras aquella ventana. Sombra chinesca. Algo se mueve. Maúlla algo ahí fuera. Vigilas curiosa intentando adivinar.
Te dijeron que no te acostaras tarde. Pero los ojos de par en par le pueden al sueño. Mamá te tirará de la sábana por la mañana, a la hora del desayuno. Tú ronronearás aunque sabes que no te servirá de nada. Mamá siempre dice que hay que hacer lo que hay que hacer. "Los deberes primero, divertirse, después"
Una y dieciocho. La luz de enfrente se apaga. No se ve ni la señal de prohibido, ni nada. Acabas rindiéndote, aunque querías jugar. Te metes en la cama, tumbada boca arriba, cierras los ojos e imaginas que estás en la bañera, cubierta de agua, y que sólo asoman los dedos de tus pies. Es extraño, pero aunque tu cabeza está bajo el agua, sientes que puedes respirar. Hondo.
¡Ay, Bámbola, niña traviesa! Nunca dejas de soñar, ni siquiera despierta.
viernes, 16 de septiembre de 2011
Aquella vida que hacía con él
En el jardín de casa tenía un limonero y gallinas. Y dos gallos, aunque ya sólo quedaba uno, porque el otro le picó a su niña chica, y le partio el cuello. A su niña no se la toca.
Las gallinas son muy cabronas, así que entraba en el gallinero con un palo, y si entraba con ella, le daba el palo para que ninguna se le acercara.
A ella le gustaba ver como los restos de sandía o melón desaparecían. Le gustaba entrar a coger los huevos y ver cómo las gallinas se dormían sobre unos palos finos. Pero lo que más le gustaba era cuando nacían pollitos. Cuando ya quedaba poco para que nacieran, él cogía los huevos de debajo de las gallinas que los incubaba, y se los ponía a su hija en la oreja para que escuchara al pollito dentro, poquito a poquito, picando el huevo para salir a la vida.
Un día nacio un pollito que no podía andar ni mantenerse en pie, Así que ella estuvo cuidándolo durante días. Era su pollito. Marrón. Precioso. Un día volvió del colegio y ya no estaba.
La misma niña, un día volvió de la facultad, y su papá no estaba en casa. Ni volvió.
lunes, 12 de septiembre de 2011
De hace tiempo
Hoy he soñado contigo. Pero no eras tú ahora. Caminábamos muy despacio, atravesando el puente que separaba tu colegio de nuestra casa. Creo que íbamos tan despacio porque hacia mucho frío y mucho viento. Tu cabeza apenas llegaba a mi cintura y con el brazo te apretaba fuerte contra mí, para protegerte, como si hubiera nacido para eso. Con ahínco, con desesperación. Porque te habías vestido mal y llevabas la tripita al aire y yo no paraba de pensar que te ibas a congelar. Me paraba y me agachaba frente a ti para subirte la cremallera hasta arriba, pero era imposible. Estaba rota. Y tu piel casi transparente se quedaba al aire en medio de aquel frío tan triste. Caminabas torpe y tropezabas porque yo te llevaba casi en volandas, viendo tus rizos flotar sin descanso. Solo quería llegar a casa para que pudieras merendar, pero el maldito puente cada vez era más largo. Y el aire más feo. Te paraste en seco y miraste hacia arriba, hacia mis ojos y ya te empecé a echar de menos.
Ahora, lejos del aire helado y de tus ojos de hace tiempo, solo quiero abrazarte fuerte, aunque mi brazo ya no te abarque y sea yo quien alce la vista para mirarte a ti.
lunes, 22 de agosto de 2011
Aves de corto vuelo
Lo hacíamos.
Lo hacíamos alto, altísimo y tan largo, que parecía que nunca iba a acabar. Manteniéndonos a flote en aquel balanceo planeábamos el aire, uno sobre el otro, enroscándonos. Dejándonos caer en picado para en el último momento, volvernos a alzar.
Lo hacíamos intenso, profundo hacia arriba, veloz y lento a la vez. Lo hacíamos rapaces, con hambre, voraces. Lo hacíamos ciego, instintivo, irracional. Emigrabamos huyendo del frío, a buscar el aire templado, dejando tierra y árbol, hierba y nido, todo, atrás.
Batíamos las alas, mirábamos lejos, allá al horizonte, con la boca llena de plumas. Como si en nuestro vuelo pudieramos comernos, además de tiempo y distancia, el futuro, el pasado, el resto.
Lo hacíamos a ras de suelo, rozando con la punta de las alas las briznas de hierba, el agua de los charcos, la puta realidad, dándoles por un instante respiro, pintándolos del color que desde allá arriba sólo nosotros podíamos ver. Pájaros sin ojos, que devoraban sin miedo el aire, manteniendo un vuelo inconstante, dibujando piruetas, trapecistas de nubes, funámbulos del aire. En bandada de dos, contagiábamos a los otros, haciendo enjambre.
Lo hacíamos siempre sin miedo a quedarnos sin fuerzas para seguir volando. Ala infinita.
No, tú y yo nunca fuimos aves de corto vuelo.
viernes, 12 de agosto de 2011
Cumpleaños
Hoy he cumplido 52 años. He invitado a unos cuantos amigos a merendar en el jardín de mi pequeña casa en la montaña. Allí hemos pasado una tarde muy entretenida, enternecida por todo el tiempo que llevamos sin vernos, ponernos al día de nuestras vidas, fumar unos porros y charlar. Casi al final han sacado de una bolsa amarilla una tarta de chocolate y nata y me han regalado además una pitillera con funda de piel y un vino de Oporto. A la hora de colocar las velas les he pedido que me concedieran la oportunidad de hacer una pequeña broma. Aún no sé si ha sido homenaje, autocrítica o las ganas urgentes de reírme de mi misma. Creo que lo he hecho para que mi llanto no se desparramara por la mesa, o precisamente para forzarlo y perder así el lastre de la soledad y levitar. Al final he conseguido no llorar y todos nos hemos reído con la ocurrencia del cambio de cifras. Hemos brindado, he soplado las velas y en la penumbra, entre el humo y los aplausos, me he sentido reconfortada por un instante muy breve.
A eso de las diez nos hemos despedido y cada uno ha vuelto a su casa, a encerrarse otra vez en su intimidad, a enhebrar de nuevo el hilo de su rutina. Cuando el último de los coches se ha perdido entre los árboles he salido al porche a fumar y a escuchar el silencio del valle y así me he puesto a pensar en el momento de soplar las velas y eso a su vez me ha llevado a pensar en cómo era mi vida con 25 años y en cómo al soplar las velas de los 25, 26, 27 y sucesivos aniversarios nunca me imaginé que pudiera estar algún día soplando las de los 52.
Ahora estoy en ese momento no planificado. Creo que puedo hacer un esfuerzo y asimilar el paso del tiempo sin dramas, me abriga la noche y los libros que tengo en las estanterías, estoy resguardada por el mar en el fondo de este lienzo cada mañana, los ladridos de los perros cuando amanece, el rocío en las lechugas del huerto, el correo electrónico, el vino de Oporto fruto de la amistad y el recuerdo de mi vida pasada que lo cubre todo como un barniz impermeable e inofensivo.
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